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  • Kiki Suarez

Mi Padre

Mi corazón, sabes, me parece que mi vida anterior solamente ha sido un sueño, me parece que mi vida empezó toda de nueva desde el momento que tú estabas acostada a mi lado y me mirabas con los ojos llenos de amor. Todo se volvió bello en este momento ¡el atardecer, la noche y hasta la siguiente mañana! Quería decirte tantas cosas amorosas, pero no soy un hombre que sepa escribir cartas de amor. Hoy esperé la llegada de tu autobús en la estación y te vi, tu mirada hasta el frente y una mirada tan triste: ¡en este momento me sentí el hombre más solo en el mundo! Me di cuenta que ya para mi es imposible imaginarme una vida sin ti y que todo lo que ha pasado antes solamente fue un juego que ahora caerá al olvido. Cuando mi amorcito no está conmigo me siento un hombre abandonado y solo. Y mañana cuando nos veremos me está permitido nuevamente ser un hombre entero, ¡entonces tú me acompañarás como una parte mía! Mi princesita Tu Fritz Esta carta escribió mi padre a mi madre en 1948. ¿Porque estaba tan triste mi madre? Fritz murió en 1989, yo encontré la carta después de la muerte de mi madre en 2015. Tuve que llorar al leer esta carta que para mí ya contiene todo e amor, el drama y la tristeza de la relación entre mi padre y mi madre. Cuando mi madre vio a mi padre muerto exclamaba sin cesar: ¡O tu buen hombre, oh tu buenbuen hombre! Todos somos luz y sombra, pero creo que mi padre era un poco más luz que nosotros podemos mostrar generalmente. Amaba a mi madre con todas y sus largas depresiones, le compraba todas las joyas que ella anhelaba para con éstas supuestamente poder ser feliz – ¡algo que absolutamente nunca funcionó, ¡pero seguían intentando mis padres! Mi padre amaba a nosotras, sus tres hijas, a su madre, Elli, y su madrasta, Omi Gert, apoyaba a quien podía y en general ¡parecía poder amar a casi todo el mundo! Era amable con todos. Decía que cada persona estaba en su propio sufrimiento y necesitaba una sonrisa, un poco humor y amabilidad. Era un artista en contar chistes, contaba cada chiste como si era una anécdota que le había pasado a él y las personas lo escuchaban con fascinación. Vi mujeres amargadas romper en sonrisas cuando les decía que él, este hombre gordito y acabado por tener que alimentar a tres hijas feroces, necesitaba este u otro favor, o cuando a meseras les decía: ¡Gracias, ofrecido por manos tan bellas toda comida sabe mil veces mejor! Mi padre tenía un negocio de vender motores eléctricos. En los 60tas del siglo pasado empezó a importar motores eléctricos de Polonia y Alemania Oriental, países detrás de la famosa Cortina de Hierro, algo extraordinario en estos tiempos de enemistad absoluta entre países socialistas y capitalistas. Pero en todos los lados querían a mi padre: los funcionarios del partido comunista, por sus chistes y su generosidad, los soldados polacos en la frontera, porque les regalaba plumas en muchas variaciones - es lo que en este entonces más anhelaban: ¡plumas para escribir! Mi padre quedó en amistad con algunos de estos funcionarios mucho después de que ellos ya habían cambiado de posiciones e inclusive mucho después de que mi padre ya había vendido su negocio y se había jubilado. Mi padre era un fiel amigo: dos de sus colaboradores – el contador de su negocio y el artista gráfico que le hacía su publicidad – eran camaradas de él desde la Segunda Guerra Mundial. ¡Me acuerdo de los dos – muertos hace muchos años ya – como si los hubiera visto por última vez ayer! Mi padre visitaba sus clientes en todas partes de Alemania con mucha regularidad. Había uno – que de veras se llamaba el Señor Panzas – que toda la vida trataba de inventar el Perpetuum Mobile: ¡un aparato – motor - que funciona eternamente sin una fuente de energía! Mi padre me explicaba que eso del Perpetuum Mobile era una idea antigua de la humanidad, pero muy probablemente imposible de jamás realizar. A veces comentaba: ¡ayer visité el Señor Panzas y parece que ya está más cerca de su invento grandioso! El Señor Panzas vivía en un pequeño pueblo en el sur de Alemania y se pasaba horas platicando de su  Perpetuum Mobile con mi padre que escuchaba con interés mientras que nosotras, cuando acompañábamos a mi padre a sus viajes, nos llenábamos de deliciosos pasteles en el exquisito café del pueblito. Mi padre viajaba la mitad de su tiempo. Fines de semana regresaba a casa. A veces mis hermanas y yo sospechábamos que viajaba más que lo necesario para huir del bulto deprimido de mi madre que le esperaba en casa. Muchos días durante mi niñez solíamos caminar en el bosque después que a las 5 de la tarde, cuando  mi papá cerraba su negocio. Es costumbre así en Alemania, especialmente en verano, cuando atardece hasta las once de la noche: familias enteras caminan en el bosque y por allí está lleno de cafés y restaurantes, donde después de la caminata disfrutan carnes salvajes o café y pastel con crema batida. Ya más grandes nosotras, caminábamos menos en familia, mi padre manejaba todo el tiempo y a todos los lados en su coche, invitaba a demasiadas comidas de negocio, tomaba demasiado Schnaps – aguardiente – y cerveza y siempre con la preocupación por mi madre presente. Todo junto hizo que un día su corazón entró en huelga. ¡Sufrió un infarto! Después nada era exactamente lo mismo. Nadie de mis hermanas o esposos quiso seguir vendiendo motores eléctricos y mi padre poco a poco aceptó esta pastilla amarga para él y vendió su negocio. Mi padre nunca hubiera viajado a donde no se hablaba alemán. Le gustaba demasiado platicar con todo el mundo para estar donde esto era imposible por no usar el mismo idioma. Pero el hecho que mi primer hijo, su primer nieto, estaba en México, llevó a mi padre a – como dicen en Alemania – a brincar sobre su propia sombra – sus miedos – ¡y venir a México! Una vez aquí: ¡Se inmediatamente superenamoró en Chiapas y San Cristóbal! Kiki, me decía, me fascina como todo aquí es un caos – por ejemplo éste escalón aquí en medio del cuarto: ¡Sin sentido alguno! – ¡pero de alguna manera dentro de éste caos aquí la vida funciona! En nuestro primer restaurante, La Galería, mi padre llegaba cada mañana ¡saludaba en la cocina a cada cocinera y ayudante con un beso en la mano! Así lo había aprendido en años de tratar con polacos. En la Polonia comunista algunas costumbres muy burgueses habían quedado muy vivas como esto de besar las manos a las mujeres. Las cocineras lo amaban y le preparaban sus platos favoritos con un montón de amor. ¡A menudo invitaba a todos los clientes presentes  en el restaurante a tomar un Tequila por su cuenta! Hasta que le vino un segundo infarto, caminaba horas cada día de un lado de San Cristóbal al otro o se sentaba largos ratos con los niños indígenas en las bancas del zócalo. Les platicaba en alemán y le contestaban en tzotzil, les regalaba dulces ¡y todos estaban muy felices! En Polonia había aprendido tomar vodka como agua y cada cuando un albañil, plomero o electricista venía a la casa, ¡les servía vasos de agua llenos de vodka! ¡Ya se imaginan los trabajos que nos dejaban! Una vez observé a mi padre platicando un par de horas con un electricista sordo que entonces vivía en la ciudad: ¡mi padre hablándole en alemán y el electricista componiendo lo que quería escuchar! ¡Los dos con su supervodka en mano! Probablemente por su corazón dañado vi por primera vez a mi padre a veces deprimido. Kiki, me decía, la vida es tan fugitiva y frágil que uno se imaginaría que nunca nos gritáramos o nos maltratáramos un@s a otr@s, pero desgraciadamente no es así: ¡nos llenamos de guerras pequeñas y grandes!! ¿Kiki, estas feliz? Me preguntaba muchas veces al día cada cuando estaba visitando. Hasta me hartaba de su pregunta. ¡Pero esa ES la pregunta más importante de todas! Kiki, ¡dime una vez más que me quieres! Kiki, un día cerrarás el ataúd sobre mí y te preguntarás: ¿Porque no le dije una vez más que lo quería mucho? Y así fue. Un día después de haber regresado de su último viaje de tres meses a México para visitarnos – en 1989 - le dio un tercer infarto. Ya solo hablé por teléfono con él, nunca lo volví a ver vivo. En el aeropuerto de Tuxtla, antes de entrar a su avión, nos agarramos los manos mi papá y yo y nos dijimos: Ich haber dich lieb – ¡te quiero mucho! Esto fue hace más de tres décadas Percibo como mi padre cada vez cobra más vida adentro de mi corazón y hay un día, un domingo de cuando yo tenía nueve años, que queda presente para siempre en mi memoria.  Estábamos de vacaciones en Bavaría. Mi padre amaba las montañas y caminar por los bosques en sus laderas. Este domingo él y yo subimos la montaña del Simmetsberg. Mi madre se quedó en la pensión donde estábamos hospedados para cuidar a mis hermanas más chicas. Era un día espléndido, teníamos sándwiches, frutas y agua en nuestras mochilas y caminamos, ¡subiendo y subiendo más! Varias veces mi papá se detuvo y decía: ¡Igual hasta aquí, Kiki, y ya regresamos, ¡ya caminamos mucho!  Pero cada vez yo corría un poco adelante de él y contestaba: ¡No, Papi, Komm – Papi, Ven!  Llegamos a la cima. Éramos los únicos, había una cruz con una caja de metal debajo. En la caja había un libro y una pluma donde cada persona que había llegado a la cima, se podía anotar. Nos anotamos. Descansamos un ratito y emprendimos la bajada.  ¡En la siguiente noche no aguantaba los calambres en mis piernas! mi mamá tuvo que darme masajes por horas.  ¡Pero que feliz y orgullosa estaba la pequeña Kiki de haber hecho esta larga caminata solo con su amado Papi! Cuarenta años después regresé a la pequeña pensión que todavía existía, con mi hermana y tres amigos subimos al Simmetsberg para recordar y honrar a mi padre.  ¡Casi no pude! Esta vez no andábamos solos. Había mucha gente con bicis de montaña y otros caminadores. En la cima había muchísimas personas. Bajo la cruz estaba la misma caja de metal con otro libro grueso ya lleno de nombres y nos anotamos también. En la noche ya no sentía mis pies.  Esta vez medimos la distancia: ¡habíamos caminado – subida y bajada – 22 kilómetros!  ¿Tal vez cuando moriré me vendrá a recoger mi papá para nuevamente subir juntos al Simmetsberg?

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